
Esa mañana todos esperábamos en la estación, el día estaba claro y era muy temprano.
Andrea y yo sacábamos fotos de cada rincón olvidado, un grupo de policías descansaba cerca de las vías, no sea que el andén se fuera a escapar.
Quedaban marcas todavía de los buenos tiempos de ese lugar, cuando el tren era la única opción, cuando no era un refugio de desamparados.Los buenos tiempos siempre dejan marcas.
También un grupo de artistas callejeros estuvo en ese lugar y quiso dejar su firma, burlándose del vandalismo se lee en una pared: “el sueño de la razón produce monstruos”.
La estación se hunde frente a una ciudad que crece mirando al rio, y creíamos ese día que solo unas cuantas fotos iban a contar la historia, entonces apareció Ciro.
Dijo venir de una familia de empleados del ferrocarril, en seguida se acerco a nosotros Alberto, que con tristeza contó de los buenos años, de cuando defendieron el lugar de convertirse en un antro suburbano.
Nos abrieron las puertas y permitieron que tomáramos imágenes de la campana de bronce guardada bajo llave,”usted sabe…” suspiro Ciro” hoy en día no te dejan ni la cerradura”.
Alberto señalo al lugar mas alto de la pared de esa habitación, un reloj antiguo e inmenso dormía desde las diez de la noche o de la mañana de algún día hace muchos años.
Me trajo a la memoria unos dibujos de un libro de cuentos que solía hojear cuando todavía ni sabia leer,”Alicia en el país de las maravillas”, en uno de sus viajes al lugar sin tiempo.
Jamás estuve en ese lugar, nadie me llevo cuando era chica y en mi adolescencia viví un mundo paralelo sin imaginar que existia.Deje la estación ese mediodía programando la vuelta para redescubrir cada baldosa, cada mancha de humedad en la pared.
Si, también para mirar a través del rio, a mi lugar preferido en el mundo, tan cerca, tan lejos…que me causa tanto dolor pero el amor que me dio fue el más grande de todos mis tiempos.
Verlo desde andén, pensar en volver.Entender desde ahí que cuando algo apasiona el corazón se vuelve prisionero, y es un viaje de ida.
Andrea y yo sacábamos fotos de cada rincón olvidado, un grupo de policías descansaba cerca de las vías, no sea que el andén se fuera a escapar.
Quedaban marcas todavía de los buenos tiempos de ese lugar, cuando el tren era la única opción, cuando no era un refugio de desamparados.Los buenos tiempos siempre dejan marcas.
También un grupo de artistas callejeros estuvo en ese lugar y quiso dejar su firma, burlándose del vandalismo se lee en una pared: “el sueño de la razón produce monstruos”.
La estación se hunde frente a una ciudad que crece mirando al rio, y creíamos ese día que solo unas cuantas fotos iban a contar la historia, entonces apareció Ciro.
Dijo venir de una familia de empleados del ferrocarril, en seguida se acerco a nosotros Alberto, que con tristeza contó de los buenos años, de cuando defendieron el lugar de convertirse en un antro suburbano.
Nos abrieron las puertas y permitieron que tomáramos imágenes de la campana de bronce guardada bajo llave,”usted sabe…” suspiro Ciro” hoy en día no te dejan ni la cerradura”.
Alberto señalo al lugar mas alto de la pared de esa habitación, un reloj antiguo e inmenso dormía desde las diez de la noche o de la mañana de algún día hace muchos años.
Me trajo a la memoria unos dibujos de un libro de cuentos que solía hojear cuando todavía ni sabia leer,”Alicia en el país de las maravillas”, en uno de sus viajes al lugar sin tiempo.
Jamás estuve en ese lugar, nadie me llevo cuando era chica y en mi adolescencia viví un mundo paralelo sin imaginar que existia.Deje la estación ese mediodía programando la vuelta para redescubrir cada baldosa, cada mancha de humedad en la pared.
Si, también para mirar a través del rio, a mi lugar preferido en el mundo, tan cerca, tan lejos…que me causa tanto dolor pero el amor que me dio fue el más grande de todos mis tiempos.
Verlo desde andén, pensar en volver.Entender desde ahí que cuando algo apasiona el corazón se vuelve prisionero, y es un viaje de ida.
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